Menorca

La mayoría de los visitantes que llegan a Menorca, ya ha estado en Mallorca por lo menos una vez. Ambas islas están directamente relacionadas por su nombre:

Mallorca – la mayor
Menorca – la menor

El que espere encontrar una réplica mallorquina en miniatura, puede sentirse decepcionado en un primer momento y sin embargo quedar después agradablemente sorprendido por la diversidad y por el carácter propio del paisaje menorquín.

Lo maravilloso de las Baleares es que cada isla ofrece un mundo con especiales cualidades que no son comparables entre sí.

Menorca es, por lo tanto, bastante más que una »pequeña Mallorca«, aunque se presente al visitante con modestia y aparentemente revele sus secretos con pereza. Hay que tomarse la molestia de ir a la búsqueda del encanto que envuelve la isla, aproximarse cuidadosamente, con mirada sutil, sin estridencias ni aspavientos; no hay porqué deslumbrarse: a primera vista, casi nada es grandioso e imponente. Se requiere la perspicacia de una segunda contemplación, siempre más objetiva.

Cala Mitjana

El turismo, por suerte, todavía no se ha adueñado completamente de la isla y aún pueden percibirse un sinnúmero de variadas sensaciones, realzadas por un marco de auténtica pureza que ha sabido permanecer intacto. El mayor tesoro de la isla es la conservación de su entorno natural, el cual, hay que esperar, seguirá tal cual en el futuro.

Cala Mesquida Menorca

En Enero de 1991, el Govern Balear declaró Areas Naturales de Especial Interés (ANEI) casi la mitad de su superficie (46%), incluyéndola así en la Ley de Espacios Naturales y limitando con ello la especulación y el boom de la construcción. Parece así asegurado el mantenimiento de calas y playas parcas en masificación y, en muchos casos, libres también de edificación alguna.
Muchas de ellas no son accesibles por cómodas carreteras e incluso algunas resultan inalcanzables para el tráfico rodado.

Cala des Talaier Menorca

Aquí radica uno de sus encantos: maravillosas y tranquilas calas, umbrosos bosquecillos de coníferas o espesos encinares dan todavía a la isla, incluso durante el seco período estival, una imagen fresca y verde.

Bosque Cala Rafalet

Humedal Son Bou con senderista

El accidentado paisaje del norte está en severo contraste con el relativamente plano sur, el cual, surcado por vaguadas y barrancos, ofrece al mundo vegetal y animal un espacio vital resguardado, como lo hiciera hace 7.000 años con los primeros moradores de la isla, que buscaron abrigo en la infinidad de cuevas naturales allí existentes.

Durante la Era del Bronce los primitivos pobladores con sus enigmáticas obras megalíticas levantaron monumentos imperecederos, Taulas, Talaiots y Navetas que, con una antigüedad de tres o cuatro mil años, sumergen al espectador en un hechizo, a través de los secretos de una época en la que sus creadores llegaron a ser reconocidos como excepcionales honderos.

Torre d'en Galmes Menorca megalítica

Muchos visitantes llegaron a Menorca en el curso de la historia, y por más de dos milenios la isla tuvo que acomodarse a diferentes tendencias, credos e imposiciones. En la frontera entre oriente y occidente, ha guardado para sí misma retazos de ambos lados.

Romanos, vándalos, bizantinos e incluso los normandos conformaron el primer milenio; por varios siglos la habitaron los árabes; los catalanes trajeron nuevamente el cristianismo en 1287; flotas del reino otomano dejaron reducidas a cenizas las ciudades portuarias durante el siglo XVI. Como colofón, la isla se convirtió durante el XVIII en el balón de juego de los intereses político-militares europeos: tres veces en poco menos de un siglo, interrumpido por un corto período francés y otro español, ejercieron el dominio los ingleses, influyendo una vez mas notablemente en usos y costumbres, cuyas repercusiones han llegado hasta nuestros días.

Aunque Menorca volvió al dominio español en 1802, fue tan fuerte la impronta que dejaron los británicos, que no se le puede pasar por alto: de hecho es la menos »española« de las Baleares.
Así, aparte de sol, playas y ambiente veraniego, Menorca tiene algo más que ofrecer.

Las bellezas de Menorca están latentes; por ello hay que conquistarlas »a poc a poc«, a pequeños pasos y dándole tiempo al tiempo…